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MUDANZA

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Don Elmo

SAN SEBASTIÁN

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San Sebastián es el santo patrón de los contrabandistas. Don Elmo lo veneraba. Y en su capilla lo colocó tras el altar mayor, casi en cueros y con el brazo izquierdo a lo alto, atado al tronco de un árbol.  

El escultor contratado por el empresario le incrustó las dos flechas en el costado izquierdo, bajo la tetilla, y en el pectoral contrario. Réplica exacta del óleo pintado por el artista italiano Marco Palmezzano.

La misa de ceniza presente —como bromeó con su mujer el gobernador Rosendo Terrazas— la presidió el obispo Olegario Carrillo Flores. Su gordura y el mal de la gota no le impidieron desplazarse de la Catedral de Ciudad Urquidi a Los Campestres. Muchos favores habia recibido del difunto. El principal: impedir que tres padres de familia lo denunciaran penalmente por pedofilia.

Dulce Bordas, en traje sastre, birrete y velo negro cubriéndole el rostro, tuvo la encomienda de recibirlo en la verja de acceso a la finca.

Su hermano Ricardo, ataviado de negro, desde los lentes a los mocasines, los aguardó en el interior del Dartz Kombat T98, un automóvil blindado.

Don Elmo compró siete unidades en Moscú para él y sus amigos, entre ellos el obispo y su amante, la hermana menor del gobernador Terrazas. Los estrenarían el día de su sepelio. Tal fue la recomendación escrita depositada en las manos de Satán Rojas.

Josefat y Elmo Jr., desde la verja del atrio, observaron el arribo de los dos Dartz Kombat T28. Los otros cuatro automóviles ya se encontraban estacionados al costado de la capilla, custodiados por personal de seguridad.

Y aguardaban la presencia del prelado, ante la escultura de San Sebastián, cuatro hombres de traje oscuro con sus respectivas esposas, jóvenes y elegantes. Los cuatro habían enviudado y vueltos a casar.

En el país no pasaban desapercibidos, principalmente dentro del poderoso círculo rojo. Lo mismo en Wall Street y los paraísos fiscales.

Cada uno tenía su mérito y bonanza: el gobernador Saúl Terrazas, era latifundista y ganadero; don Juan Trías, corredor de bienes y raíces y accionista de varias maquiladoras de ensamblado de aparatos electrodomésticos; don Olegario Creel, dueño de minas, caleras y cementeras; don Abraham Ahumada de la Rosa, el propietario de la principal cadena hotelera y bares, restaurantes y centros nocturnos de Coahuila, Nuevo León, Chihuahua y Sonora y  don Teófilo Giner, presidente del consejo administrativo de la cadena nacional más importante de la radio y televisión.

Ellos y los hijastros de don Elmo conocían las perversiones sexuales del obispo. Y aun así, al saludarlo, tuvieron que inclinar la cabeza y besarle el regordete dorso de su mano.

Los dos monaguillos, adolescentes y descaradamente maquillados con apariencia andrógina, acompañaron en su recorrido al obispo que ingresó a la capilla ataviado con mitra y casulla alba, muceta púrpura y báculo dorado. 

Desde el sagrario del retablo central, san Sebastián, el protector de los contrabandistas, pudo evitar tal desvergüenza. Nunca bajó la mirada.

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Sommus

LÍMBICO

En una región X del territorio límbico conviven tres comunidades con rasgos y culturas distintas:

Los chosenios de casaca roja y pañoleta azul al cuello, dedicados a la cacería y el comercio.

Los tamaoachanos de piel morena y taparrabos que duermen en los árboles y se alimentan de frutas, yerbas y mariscos.

Los éleveurs, productores de granos y criadores de cabras, borregos, mulas, asnos, gallinas y cerdos.

Una carretera de roca volcánica les permite transitar con libertad.

Desde la parte alta del bosque Verde, cubierto de encinos, mostajos, arces y pinos, a la parte baja con grandes llanuras húmedas, salpicadas de chozas, sembradíos y corraletas, donde los éleveurs, vestidos como los antiguos granjeros holandeses, resguardan su ganado ovino, porcino y caprino y las recuas de mulas y asnos.

Los tamaoachanos, desde el siglo XXIII, optaron por asentarse en la parte media y alimentarse de fruta y pescado.

Un caudaloso rio, el Yocoxcayotl, los provee de quisquillas, sábalos, percas y carpas que, como saetas plateadas, saltan y se resguardan en los cestos de mimbre colocados por sus captores.   

El papel moneda impreso por el gobierno de la federación dejó de circular.

Las tres comunidades aplican el trueque para allegarse bienes y comestibles.

Los chosenios extraen la sal de mina y fabrican utensilios de metal y ropa, elaborada con piel de lobo, alce y oso.

Sus vecinos, los tamaoachanos, comercian con peces, verduras, miel, yerbas curativas, frutas y trastos de madera y barro.

Los éleveurs aportan la carne, manteca, calzado y aceite de vegetal y distintos granos de consumo humano: trigo, arroz y maíz.

Nadie sabe leer y escribir. Y por lo tanto, son felices.

Durante su tiempo de descanso cantan, danzan, dibujan y esculpen en piedra, piel animal y madera.

Sus chozas las iluminan con lámparas de grasa porcina.

El fuego para cocer sus alimentos lo producen con marcasita y pedernal. Los chosenios son quienes proporcionan el mineral y la piedra.

Cada etnia cuida la pureza de su sangre, lengua y cultura.

A través de dibujos pintados en piel de alce —y colocados a la entrada del mercado de trueque— se informan sobre el valor cambiable de cada mercancía.

Un consejo integrado por seis mujeres de las tres comunidades tiene la encomienda de calcular el valor del producto, de acuerdo al esfuerzo físico invertido.  

El mercado fue construido en un oasis con rosas de invierno, arroyuelos y palmeras del desierto azul, a diez kilómetros de la última colina de la Pradera Sagrada.

Cada Luna llena, el mercado circular con techumbre de teja y paja es visitado por mujeres y niños, en carromatos de madera, arrastrados por mulas o asnos.

Nunca discuten el valor del bien negociado.

La naturaleza es quien les provee la yerba medicinal y la esencia de su espiritualidad.

Les está prohibido construir templos de oración. Ni hablar de su Dios o dioses en las otras comunidades.  Tampoco ingerir algun liquido o yerbas tóxicas.

La radical decisión fue consensada por sus antecesores fundadores, al comprobar que las confrontaciones bélicas y genocidios empezaron por el alcohol, drogas duras y diferencias religiosas.

La única imagen que aún conservo es la de los tamaoachanos observándome desde las ramas de los árboles. Varias mujeres de fuerte complexión y desnudas amamantan a sus críos. Sus hombres con la misma templanza física sonríen y se santiguan.

Un poco de fiebre hizo el milagro del viaje.   

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La huella del Tigre

VORÁGINE

La vida del Tigre fue algo parecido a una vorágine.

 En los últimos cuatro  años de su actividad política enfrentó sinsabores y satisfacciones: prisión, aplausos, tortura, amoríos, reconocimientos, lágrimas, viajes de trabajo e intentos de asesinato.

Era un luchador social acrisolado en el terreno de la acción política.

Un hombre de su tiempo y del Chihuahua bronco.

Vivió los altibajos de un organizador de masas, confrontado con el poder gubernamental, entonces en manos de un presidencialismo autoritario.

En 1994 estuvo a punto de morir envenenado con arsénico.

De febrero a mayo de ese trágico año vivió momentos de estoicismo e incertidumbre, bajo el cuidado de su familia.

Y aun así, no detuvo sus actividades.

Era un auténtico líder gremial, un militante convencido de la izquierda mexicana. Lo hizo en silla de ruedas y bajo el suplicio del dolor y la ansiedad.

En unos cuantos segundo, los últimos de su vida, el Tigre se desprendía del pesado fardo que lo llevó a esa carretera fatídica.  Los resultados de sus actos superaban debilidades y fallas. Pocos podían negar los resultados de su esfuerzo personal.

Desde 1972 militó en la izquierda chihuahuense y con el tálamo de la martirología. Nunca negó el papel histórico del marxismo.

Leía tratados filosóficos del alemán, inmersos en sentimientos humanistas.

No solo era un asunto de desbancar a banqueros e industriales del poder público, sino de democratizar a las instituciones de gobierno. Desde la presidencia de la república a las gubernaturas y alcaldías.

Los asalariados y miserables tenían el mismo derecho de ser felices y acceder a la salud y educación gratuita y poseer bienes inmuebles.

El mismo 27 de mayo, seis horas antes de morir, intervino en las negociaciones, como integrante del buró de la Unión Campesina Democrática, con altos burócratas de la Secretaria de Hacienda y Crédito Publico.

Los banqueros intentaban embargar las propiedades de miles de deudores de la banca, acicalada por la crisis económica heredada del gobierno salinista.  

Su amigo y camarada de lucha, José Duran Vera era el dirigente de esa organización gremial.

En enero de ese año, en Chihuahua, no obtuvo los suficientes votos de los consejeros para ser el presidente del Comité Directivo Estatal del PRD.

Y al permitir que su adversario, el abogado Jaime Garcia Chavez, tomara el cargo sin confrontaciones, uno de sus cercanos aliados —Juan Morales Otero— fue designado candidato a diputado local.

El Tigre no pugnaba por confrontar con la militancia conservadora, sino buscar alguna coincidencia política para mejorar las condiciones de vida de los asalariados y jornaleros.

Un hecho ocurrido en 1986 —el monstruoso fraude electoral del PRI contra un candidato a gobernador del PAN— acercó a sectores con vocación democrática para impulsar un solo frente de lucha política.

El Tigre nunca se opuso al dialogo entre adversarios ideológicos o de clase social.

La injusticia, corrupción y miseria son los principales causantes de la desigualdad social y la violencia.

Así se lo expresaba, desde su silla de ruedas, a sus compañeros de causa.

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Diario del olvido

LA VACUNA

Miércoles 24 de marzo

Día lluvioso, plomizo, triste…

Tuve que madrugar.

En el aviso virtual me exigían puntualidad tras confirmar mi asistencia.

Del departamento a la clínica de vacunación Christopher-Colom necesitaba desplazarme en autobús.

Como ocurrió. Cuarenta minutos de trayecto y de norte a sur.

Y al descender, en la parada de Papineau y Jean Talon, proseguí la marcha a pie.

En el aviso leí:

La Rendez-vous (cita) sera a las 10: 40.

Y en la clínica recibiría la primera dosis de la vacuna contra el Covid 19.

Los viejos del barrio, como escarabajos, abandonamos nuestro agujero.

El autobús urbano llevó su carga de canas y arrugas y vivencias remojadas de alcohol y tabaco.

El barbijo fue nuestro distintivo.

Nos hermanó.

Un poco de loción Prada en el pescuezo y la barba intentaría ahuyentar los malos humores.

La ruta planeada pudo materializarse sin contratiempos.

Esa parte de la ciudad, salpicada de comercios, edificios y casas, en su mayoría de tabique y falsa madera, me pasó inadvertida.

Leí algo de Balzac y reflexioné.

Me vi convertido en un asno de dos patas, después de recibir la vacuna.

Los policías y enfermeros con reatas y camisolas de fuerza intentaban atraparme.

Los ancianos, con el antebrazo desnudo, intentaban ponerse a salvo.

Ya en tierra, bajo el chipi chipi, eché andar por la rue Jean-Talon,  hacia el lado este de la ciudad.

Cuando llegué a la avenida Christopher-Colom torcí a la derecha.

Y ahí, ante mis ojos somnolientos y al final del parque Prévost, vislumbré el edificio de tres niveles Patro Villeray.

Una parte del viejo inmueble, utilizada como cancha de basquetbol, fue adecuada como clínica de vacunación anticovid.

Los escarabajos de pelo nevado poco a poco fuimos empujados en masa por los semioscuros pasillos del edificio.

Personal de seguridad embozado tenía la tarea de encorralarnos en el salón de los piquetes.

Una mujer afrocanadiense con uniforme de policía me obligó a deshacerme de mi mascarilla. Me entregó otra, nueva.

Y posteriormente, con la credencial de salud a la vista, terminé en el salón de los piquetes. Cuatro hileras de cubículos —a, b, c y d— encapsulaban a los escarabajos de piel rugosa.

En la garita de control me recibió una mujer blanca y ojiazul. En el ordenador confirmó mi nombre, edad y hora de la cita. En una hoja de papel escribió la fecha y hora de mi siguiente cita para recibir la segunda dosis: 14 de julio, a las 15: 10 horas.

En la segunda garita de control, una mujer musulmana con hiyab me puso al tanto sobre las posibles secuelas en mi organismo tras ser vacunado.

 Y en la tercera garita, un jovial enfermero —pelirrojo y barbado y en filipina azul turquesa— me ofreció una silla y arponeó mi antebrazo derecho.

Ni un gesto o exclamación evidenciaron mi temor.

Aguanté vara, como dicen en la tierra de mis ancestros.  

—Pase a la sala de espera —ordenó el flaco enfermero sin elevar la voz— y ahí estará bajo observación durante quince minutos…

Los otros escarabajos, como yo, eran arponeados por personal de salud, en los distintos cubículos de tablaroca blanca.

—¿De qué laboratorio es la vacuna que recibí? —quise indagar sin preocuparme de la respuesta.

Aclaro: nada tengo contra las vacunas rusas, chinas, indianas o inglesas.

Pfizer —informó con aire de autosuficiencia—, y es la mejorcita de todas… La primera dosis tiene una eficacia del 92 por ciento…

 Escribo estas líneas cuatro horas después de recibir la vacuna y compruebo con satisfacción que aún no he rebuznado.

Ya es ganancia.

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Cascajo

SIN ALMA

Una tira negra bordeada de cajones cristalinos y encementados.

La misma tira con árboles pelones que se reproduce a lo largo y ancho de la isla.

Es el eterno juego de ceros y cruces o del gato.

Nadie se sustrae a su maldición.

Pero poco importa.

En cada cajón alguien respira, ríe o llora.

La señora de enfrente mira al viejo de enfrente, tan irregular como ella.

El frio esconde sus miserias.

Los dos metidos en casetas de plástico, aguardando el arribo del autobús.

Los dos escudriñan el pasado no lejano. El pasado reciente, el que, en ese momento, los vomitó de sus cajones amueblados.

Larry, ¿Larry?

Larry Duprez de la rue Carson: soñador e inmerso en sus propios asuntos sin sustancia.

Se creía salvado por su desapego a las redes sociales.

Su gato lo era todo.

Ni el televisor le interesa.

Su piel perdió la  lozanía sin darse cuenta.

Emma Campardon es otra cosa: culta y alegre.

Lee y goza con la poesía romántica y ama las telenovelas.

Les secrets d’amour es su preferida.

Si Angeline Bachelard no fuera tan oscura de piel, seguramente el conde Marcel Duveiryer la elegiría como esposa.  

Lo musita sin dejar de observar al hombre de enfrente.

La calle de asfalto negro los separa.

Desde que amaneció carga un trozo de poema en la cabeza.

Rodar vagaba y contigo olvidaría

tal cual, los ruidos velados del arcano

que con cuerdas atadas a su mano

su sombra fría jamás la alcanzaría.

Ese hombre es hechura de Thea von Harbou, seguramente.  Lo piensa.

¿Escaparía de Metrópoli?

¿O sabrá algo de Henri Charrière?

El hombre del chaquetón verde la observa con ojos cristalinos. Su cabeza es un huevo negro empollando.

La bufanda enrollada al cuello es un nido de paja seca.

Ni el costarricense José León Sánchez puede reconstruir la verosímil historia de sus treinta años de reclusión en la Isla de los hombres solos.

Solo a un estúpido se le ocurre robarle sus joyas a la Santa Patrona de ciudad Cartago.

Lo dice en voz alta.

Larry Duprez también es prisionero de la isla de la Nueva Francia.

Mejor dicho, es un sin alma que deambula de comercio en comercio. Vive para vestir, comer y dormir.

Habla solo, porque vive solo junto a un gato dormilón, en un departamento del subsuelo.

Hoy que naces muerto esquiaría

no hacia arriba, como el manzano

sino hacia abajo, como el gusano,

convertido en arlequín de sastrería.

Los dos tercetos tendrían que aguardar.

El autobús 45 se acerca.

Desconoce que Larry Duprez no arribará el suyo.

Ya nada le importa tras la muerte de su gato Félicité.  

Los neumáticos del autobús absorberán un poco de su ser.

Es un huérfano del alma.  

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Ay Chihuahua

EL DEDAZO AZUL

El senador Artemio Iglesias Miramontes, güero y ojo claro, hizo público lo que ya sabía la clase política local: Barrio Terrazas llegó a la gubernatura de Chihuahua, en 1992, por decisión del presidente Carlos Salinas de Gortari.

En una entrevista publicada en El Heraldo de Chihuahua, el secretario de Operación y Acción Política del CEN del PRI, fue cauto en su respuesta, pero no lo negó.

El reportero Jorge Macías Rodríguez lanzó la bola:

—A pesar del avance en los procesos democráticos hay gente que piensa que las gubernaturas se deciden en Los Pinos ¿Qué piensa de esto?.

—Pues, no sé. Pienso que los tiempos de hace seis años que se dio este procedimiento no sé si beneficiaría al Partido de Acción Nacional si tal vez fueron los hechos.

—¿Usted cree que haya sido así?

—Tengo mis dudas.

El 5 de diciembre de 1995, el mismo político dejó en claro dónde y quienes participaron en esa concertacesión.

—En el mes de febrero —denunció—, en la Residencia de Los Pinos se llevó a efecto una reunión entre el presidente Salinas y Luis H. Álvarez, en ese entonces dirigente nacional del Partido Acción Nacional. En la reunión también estuvo presente Diego Fernández de Cevallos, posteriormente candidato a la Presidencia de la República por el PAN. En esa ocasión, los panistas le pidieron al presidente que uno de los precandidatos de nuestro partido de que fuera vetado para ser candidato, ya que de lo contrario ellos retirarían de la contienda al actual gobernador Francisco Barrio Terrazas.

En 1992, Iglesias Miramontes era el precandidato con mayores posibilidades de llegar la gubernatura.

Según el legislador priista, en la misma reunión de Los Pinos, Salinas de Gortari le entregó al PAN el estado de Guanajuato y la alcaldía del municipio de Parras de la Fuente, Coahuila.

Iglesias Miramontes aprovechó la entrevista para confirmarle al reportero Macías Rodríguez su interés en suceder a Barrio Terrazas en la gubernatura.

—¿Usted tiene candidato a la presidencia municipal de Ciudad Juárez? —le preguntó el reportero.

—No, yo en este momento tengo un aspirante para la gubernatura del estado de Chihuahua a favor del cual estoy y se llama Artemio Iglesias. No me pongan en otros predicamentos. Quiero resolver lo mío, así sencillamente.

***0***

El teléfono de la habitación timbró en tres ocasiones a las siete de la mañana

—Maestro —dijo Gómez Franco con un evidente dejo de desvelo—, el domingo estará en Chihuahua el dirigente nacional del PAN, Felipe Calderón Hinojosa.

—¿Y?

—Es posible que cubras el evento… Pero aún no se decide…

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Don Elmo

EL ENCUENTRO

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La barra al tope de comensales. Todos en lo suyo, hartándose de alcohol y chismes. La mayoría con un periódico en la mano.

Una mujer joven lloraba en una de las mesas cercanas al ventanal. No le importaba ser vista.

Los transeúntes en lo suyo, acortando distancia a grandes pasos.

 La calle, grisácea por la ausencia de sol, continuaba muy activa.

El recién llegado, veinteañero y algo desaliñado, buscó con la mirada a Elmo Bordas. Estaba al tanto que era diez años mayor y no usaba gafas, como él.

Lo citó en el Bar Suerte Track.

Elmo Bordas lo contactó por teléfono el jueves, a la medianoche. Se hospedaba en uno de los hoteles del distrito de Waller Creek.

—Prefiero cenar que comer —le dijo por teléfono.

—Salgo del periódico a las nueve de la noche, señor Bordas, espero no le importe…

—Mejor, así podemos pasar juntos más tiempo…

Joaquín Mata nada sabía de Elmo Bordas. La única referencia fue abonada por su padre, un decano periodista de Ciudad Urquidi.

—Te ha leído y quiere hacerte una propuesta de trabajo —le informó el mismo jueves por la mañana, antes de ducharse—. Es un armero y vinatero de gran reputación en México y Estados Unidos. La gente adinerada de los seis estados fronterizos le tiene respeto y estima.  No perderás nada con escucharlo.  

El semanario donde colaboraba le permitía allegarse de un poco de dinero. Sus padres eran quienes apechugaban la mayoría de sus gastos personales.

De lunes a viernes asistía a una escuela privada de inglés.  

Míster Johnny London, el director general de The New Austin, le tenía estima. Su hijo Daniel vivió ocho meses en la casa de los Mata mientras estudiaba español en Ciudad Urquidi.

Por lo mismo, aceptó recibir a Joaquín Mata en las instalaciones del periódico, donde le proporcionó una habitación.

El inmueble de un verde intenso de se encontraba en la César Chavez Street, a nueve blogs del rio Colorado. Era una casa modesta de madera con techo de tres aguas sin porche y un gran patio sediento de agua que descendía a la calle.

Precisamente el bar se hallaba sobre la misma calle.

En septiembre, el asunto de la muerte del asesino serial Dean Corll cubría las principales páginas de los diarios texanos. En menos de tres años, Corll y dos amigos secuestraron y asesinaron a 28 niños.

The New Austin aprovechó el hallazgo para trascender en el mercado editorial.

Joaquín Mata entrevistó a ex policías, sociólogos, psiquiatras y sobrevivientes de homicidas pedófilos. Su trabajo tuvo la aceptación de sus lectores y anunciantes.

El semanario era regalado en tiendas, restaurantes y hoteles de paso y sobrevivía de la publicidad.  

En septiembre, el clima de la ciudad era caluroso y seco, asfixiante.

Un hombre robusto, de tez bronceada y sonrisa de vendedor de autos se acercó al joven reportero. Habia abandonado una mesa del fondo.

—Eres el hijo de Matías, segurísimo, tienes la misma facha —exclamó al estar frente a Joaquín Mata.

—Así es, señor Bordas…

—Mejor dime Elmo para así tenernos confianza…

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Sommus

PALABRAS PECAMINOSAS

La espera me permitió releer el cuento de Revueltas. Tardaría dos o tres horas para llegar al mostrador de Temps Réel.  

La empresa CiberfreeCad convertía textos de libros en películas con imágenes reales del año descrito por el autor.

El hombre que me presidia, de hombros caídos y cabeza de melocotón con escasos pelos rubios, apretaba bajo el antebrazo, a la altura de la axila, un grueso volumen de pasta negra.

Seguro que es la Biblia, pensé y temí haber acertado.

De ser el libro sagrado, probablemente el hombre mandaría reproducir Revelaciones o las memorias de Juan, Mateo, Marcos y Lucas.

La espera se alargaría.

Durante la pandemia, los evangelios y relatos de jueces y profetas estuvieron de moda.

El Vaticano publicó una encíclica para prohibir la reproducción en imágenes de la historia de Lot y el Cantar de los cantares. También de algunos pasajes que aludieran asuntos incómodos para la iglesia, como la masturbación de Onán o cuando Raquel y Lía se ponían de acuerdo para copular con Jacob, esposo de la primera.

No pude reprimir mi curiosidad.

—Siempre he querido ver, en su versión original, el libro de Esther…—dije tocándole el hombro a mi vecino.

El hombre con piel de pambazo torció el cuello, como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

—Depende de qué Biblia —respondió y me escudriñó con ojos de lagarto de un azul cobalto—, existen libros sagrados para los ortodoxos, católicos y protestantes…

—¿Y usted cuál Biblia lee?

—Soy anglicano, hermano…

Su respuesta aclaró mis dudas.

—Yo solo soy un humilde creyente de la divinidad —le informé antes de que preguntara—, pero mis padres me bautizaron con agua de pila en la iglesia de mi pueblo…

La persona que estaba a mis espaldas —larguirucha, pecosa y más blanca que una sábana de la cama del primer ministro de Quebec— intervino en la conversación.

—No se preocupe, señor, el contenido no varía sino el número de libros. Mire —agregó y nos mostró su tableta—. El antiguo testamento de los católicos tiene 49 libros, el de los ortodoxos, 55 y el de los protestantes, 39…   

—Disculpe mademoiselle —interrumpió el hombre de ojos de lagarto—, ¿usted qué libro va a reproducir? Y espero no le incomode mi pregunta…

—Oh no, ¿por qué tiene que incomodarme? Estamos en Montreal y son tiempos amazónicos, no lo olvide. Es una obra del Marqués de Sade: Dialogue entre un prêtre et un moribond.

El hombre cortó de sopetón el encuentro. Nos dio la espalda y abrió su libro sagrado.

—Hace muchos años leí una obra del Marques de Sade —le confié a la delgada mujer con cara de Torombolo— y tuve acceso a ella por mi padre. En el cajón del buró, junto al Nuevo Testamento, descubrí la novela Justine, ou Les malheurs de la vertu

—Curioso —sonrió la dama y me di cuenta de su gran apego al tabaco—. Precisamente hace tres semanas la hice reproducir y pude verla durante cuatro días con mi esposo…

Yo también la habia visto con Selene en versión Temps réel cinemascope.

Pero ante la mujer tuve pena en admitirlo.

Un libro adverso al siglo amazónico: la mujer gobernaba y tenía el absoluto control de su hogar y la natalidad.

Justine era el personaje central de la historia, ambientada en las postrimerías del siglo XVIII.

La adolescente de catorce años, prostituida por la madrota Juliette, experimentaba el constante abuso sexual de aristócratas y religiosos.

El colombiano Gabriel Garcia Márquez escribió su propia versión de esa amarga realidad: La cándida Eréndira y su abuela desalmada.

La parafilia de adultos a infantes fue una constante en su obra.

—Si ya accedió a la obra del Marqués, me imagino que le gusta este tipo de literatura —lanzó la dama con acento socarrón.

Y lo hizo en voz baja para no evidenciarme.

—No, no no, Dios me libre —aclaré sin importarme ser escuchado—. Traigo un cuento de un escritor mexicano, José Revueltas. Lo intituló Dios en la tierra y es sobre la guerra cristera. Mi esposa quiere conocer la vida de nuestros ancestros durante la década de los veinte. Los dos somos originarios del estado de Jalisco, mademoiselle.

—Madam, madam…

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Don Elmo

POLVO ERES…

Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso.

El Quijote de la Mancha/Miguel de Cervantes

La noticia tuvo el mismo efecto que el virus SARS Cov-2. Las redes sociales la esparcieron al instante por cada rincón de Ciudad Urquidi:

Don Elmo Bordas de Colombo fue incinerado en los hornos de la Funeraria San Esteban.

Únicamente el periódico El Informador reveló la causa: Don Elmo contrajo el coronavirus y murió sofocado a las tres diez de la mañana en una clínica privada.

Los twittazos de la alta burocracia y oligarquía urquidista corrieron como pólvora.

Uno de los hombres más ricos del estado, hijo de comerciantes y propietario de una cadena de periódicos, dejaba de existir. Sus ciento doce kilos de grasa, carne y hueso quedaron reducidos a menos de dos kilos de una ceniza parda.

En su mansión Los Campestres velarían la urna de porcelana ante una gran pintura al olea, donde don Elmo vestía camisa blanca y un smoking negro con moño carmesí. Su mano derecha la ocultaba bajo la solapa, como emulando al Pequeño Cabo de Córcega y emperador francés, Napoleón Bonaparte.

El artista italiano intentó resaltar el carácter recio, señero y autoritario de su personaje. La de un hombre de poder y sapiencia que evitara evidenciar su pasado de pobreza y abuso paterno.

Y evidentemente el pintor estaba inmerso en la ciencia de la morfopsicología.

Labios delgados, nariz larga y afilada y ojos de un negro sin brillo, sombríos, y ocultos bajos cejas espesas y grisáceas. La frente huesuda y amplia, formando una gran V con el escaso pelo plomizo.

De su boca únicamente brotaban maldiciones, ocurrencias y sentencias asimiladas en los dos volúmenes de El Quijote de la Mancha y durante su paso por serranías, desiertos y páramos.

Pocos imaginaban que el zar del embute, el director general de Día a Día —el periódico más leído del estado— tuviese un pasado tan turbio y violento. Durante veinticinco años fue un contrabandista redomado de armas de fuego y prostitutas.

Los viejo texanos de San Antonio, Austin y Houston sabían de su buen gusto por las mujeres y buena cocina y su crueldad y codicia.

Dulce, Josefat, Ricardo y Elmo Jr. recogieron las cenizas de su padrastro y organizaron la velación en la capilla familiar, erigida dentro de la finca de Los Campestres, tierra fértil plagada de frondosos encinos y madroños, adquiridos en viveros de Tennessee y Alabama.

Satán Rojas, por recomendación de su médico no acudió a la funeraria. El primo hermano de don Elmo, fiel al empresario, sería el responsable de proseguir con el legado familiar e intentar desbloquear en el Emirato de Bahreim las cuentas intervenidas por la Unidad de Inteligencia Financiera del Ministerio de Hacienda. 

La primogénita del zar del embute, Dulce Bordas de Riojas —una beldad hecha a base de cirugías— recibió la encomienda de salvaguardar lo poco que quedaba del emporio editorial creado por su padrastro.